jueves, 11 de septiembre de 2014

Hay ratones más grandes que leones.


No se trata de quién eres sino de cómo te aceptas.




¿Cuántas veces te has sentido pequeño?, ¿Cuántas veces te has sentido vulnerable frente al resto? ¿Y cuántas veces lo has reconocido?  No ante los demás, que también,  sino ante ti mismo. ¿Cuántas veces has sido coherente con ese sentimiento? ¿Cuántas veces te has sentido débil por dentro y te has mostrado fuerte por fuera? ¿Y por qué? ¿Qué has conseguido?

Seguramente lo único que has conseguido ha sido reforzar esa sensación de debilidad. ¿Y qué?

No podemos ser tan injustos con nosotros mismos, no somos seres perfectos, o quizás la perfección esté en nuestra imperfección porque mi yo más perfecto será mi yo más real ¿no? No será el más fuerte, el más guapo o el más bueno, porque ese no sería yo, tampoco será el más pequeño, malo o feo. ¿O sí? Depende, si soy así sí, esa será el más perfecto, el más transparente, el más auténtico, ahí está la perfección. Si me acepto tal y como soy y me muestro tal cual, tendré la capacidad de atribuirme, sin equivocarme, todos mis éxitos y fracasos, teniendo la seguridad de que son míos, de que esos resultados son así por cómo soy yo y me pertenecen. Podré entonces usarlos para seguir adelante, para motivarme o para aprender, para seguir así o para rectificar en un próximo intento.

Pero si por el contrario, no soy fiel a mí mismo, me impongo el objetivo de ser el mejor en todo, impidiéndome ser yo, aceptando solo mi parte positiva, solo reconociendo aquellos atributos que se acercan a  mi yo ideal. Y rechazo todo aquello de lo que me avergüenzo, que no me gusta de mi, aquello que me hace sentir pequeño. ¿Qué logro? ¿Tan malo soy que tengo que esconderme? Si que tengo que ser poco, si con lo que soy no es suficiente y tengo que reinventarme. Con esto solo consigo mermar mi autoestima, quizás la poca que me queda. Pero a corto plazo me vale ¿no? Salgo a la calle, y voy más seguro, porque esa mañana al despertarme decidí ponerme una máscara. Así que los otros no me ven a mí, ven lo que yo quiero que vean. Sus críticas no me llegan de la misma manera, las criticas van dirigidas a lo que ven, pero no a mí, porque a mí no me conocen ¿verdad? Además les encantaré a todos porque la máscara que elegí esa mañana es preciosa, así todos me querrán, todos disfrutarán a mi lado y todos querrán estar cerca de una persona como yo. De vuelta, me siento tan lleno, tan vivo, tan fuerte, tan grande. Sin embargo, cuando llego a casa y veo las fotos de ese día, no me veo, no me encuentro, juraría que yo salía en todas esas fotos. Todos salen tan bien, hay un chico que llama la atención, era el más guapo, se le ve tan feliz, rodeado de tanta gente. Antes de acostarme, voy al baño y ¡qué sorpresa cuando me encuentro con esa chico de la foto! Está frente a mí, en el espejo. ¡Ese chico soy yo! Había olvidado que llevaba la máscara. De repente una sensación de vacío me inunda, toda esa fuerza que sentía no era mía, no lo había conseguido yo, había sido mi máscara, no me pertenecía. Había sido un día perdido, un día no vivido. Y me quito la máscara, y por fin me veo, más pequeño incluso que antes. ¿En qué momento pensé que eso funcionaría? ¿Por qué me engañé de esa manera? ¿Y por qué engañé a los que me rodeaban? Ellos no me habían elegido a mí, sino a mi mascara. Así que ahora también me sentía solo.

Era como ese pequeño ratón que por miedo a ser pisoteado se había disfrazado de león, sin embargo, con eso solo conseguía sentirse más pequeño ya que él no podía rugir como el resto de leones, ni era tan grande como ellos. O como la historia del león que quería ser ratón y tampoco le sirvió porque él no podía correr y esconderse como ellos, él no era tan pequeño.

No podemos pretender ser alguien que no somos. A veces, nos sale sin darnos cuenta, como un mecanismo defensivo. Pero eso solo actúa como una barrera ante la realidad, porque a veces la realidad es dura, pero es la realidad, por eso, aunque dura, siempre será mejor que una falsa. No serviría fingir, eso solo nos perdería por el camino, nos alejaría de la meta. Es absurdo calcular una ruta hacia un destino,  desde otro punto que no sea el actual, así nunca llegaré a la meta. Porque primero tengo que saber desde dónde parto. Por ello, el primer paso es aceptarme y quererme tal cual soy, porque así soy el yo más perfecto, así soy yo. Luego ya podremos ir puliendo las cosas que queramos mejorar.

Para llegar a mi yo ideal tengo que calcular la ruta desde mi yo real.

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